AnaMariaMatute_100

 Su vida *  Entrevista con la autora  * Su sitio en la red

[…] el corazón de Orso se conmovió y estuvo a punto de echarse a llorar. Se contuvo: desde su primera infancia a Orso le estaba severamente prohibido llorar.

        Pero ella le sonreía y le tendió los brazos. Sus manos se entrelazaron mientras, con movimientos tan gráciles que sólo la hierba mecida por la brisa podría parecérsele, el hada se arrodilló a su lado. Acarició sus cabellos, besó sus labios dulcemente y dijo:

        -Orso, sé quién eres, sé que alguien como yo, de mi naturaleza, no tiene lugar en tu vida. Se espera mucho de ti entre los tuyos… Entre los de mi especie eres la juventud, el amor y, quizá la rara inocencia que aún pervive entre los humanos. Yo soy la más joven de las hadas del lugar y he sucumbido ante tu belleza y la pureza de tu corazón… Sin embargo, he de pagar por este desliz. Sólo así podré recobrar mis atributos de hada. Por ello, he de comunicarte algo: no volverás a verme y lo más seguro es que, obedeciendo a tu naturaleza, me olvides. Los humanos aprenden a olvidar fácilmente. Pero sé que tu semilla ha prendido en mí y así, dentro de un tiempo, recibirás el fruto de este arrebato: este fruto será una criatura especial, diferente, medio mágica, medio humana y, por encima de todo, será un niño sagrado. Esto quiere decir que estará destinado a ser el objeto de algún sacrificio, el que purifica o el que redime.

        Entonces el hada se inclinó aún más y, hundiendo las manos en el Manantial, extrajo de él algo brillante y dorado.

        -Toma esta loriga mágica. Cuando la lleves sobre tu cuerpo nadie podrá hacerte daño…, excepto tú mismo.

        -¿Yo mismo? – preguntó asombrado Orso-. No conozco a nadie tan necio o tan loco que haga una cosa semejante. Y os aseguro que no soy necio ni estoy loco.

        No había terminado de pronunciar estas palabras cuando el hada del Manantial desapareció.

        En un primer momento, Orso creyó que su encuentro con el hada no había sido más que un sueño. Pero cuando se incorporó, casi le cegó el brillo de las escamas de oro que componían la loriga. Reflejaban los rayos del sol entre las ramas con una luz más grande que ninguna. Allí estaba la loriga, la prueba de cuanto le había ocurrido.

        Un irreprimible deseo de aquella criatura le lanzó hacia la cascada, la buscó entre la espuma y luego en el Manantial. Le pareció descubrir en el fondo del agua, entre las pulidas piedras rojas, azules y plateadas un resplandor de lo que creía eran sus huellas. Pero no lo eran.

        Ella no estaba; ella era ya, tan sólo, una desaparición. Y esta desaparición era la único que quedaba del inmenso placer y del ensueño que por primera vez había sentido y compartido.

“Nadie podrá hacerte daño…, excepto tú mismo”, repitió para sí el joven Orso. “Excepto tú mismo”, volvió a decir. Un vago temor se fue abriendo paso en su mente. Las últimas palabras pronunciadas por el hada se asemejaban demasiado a una profecía.

        […]

        Con el ánimo aún turbado, Orso guardó su loriga entre sus enseres y reanudó su camino hacia la casa de su padre.

 

De “Aranmanoth”

    
 

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.