- ¡No, Seán!
El grito degenera en desgarro. Tu palma derecha extendida se ha adelantado en el vacío para detenerle pero Seán se libera en un violento forjeceo de las zarpas de los dos guardas y echa a correr hacia a ti, descalzo como un gamo. Vas a ir a su encuentro, vas a ir a su encuentro para que se tire al suelo y evite las balas, te dices. Pero tus pies se hunden en los adoquines mullidos como en una cama elástica. Te enredas en una danza absurda que te impide avanzar. El vestido ceñido de la boda de Márie no ayuda en nada. Sus bajos hechos jirones apresan la blanca piel de tus pantorrillas. Lo contemplas ahora en su temeraria carrera, deshaciéndose sobre la marcha de la camisa, arrojándola lejos en un remolino de brazos. Suena una ráfaga y Seán pega un brinco atlético. Sus extremidades se disparan hacia lo alto antes de que su cuerpo estremecido se doble hacia delante al recibir la descarga.
– ¡Fideeeliiiis!
Es un alarido alargado que hace retemblar los tejados de las casas y detiene en seco las hélices. Todo lo que se mueve queda congelado menos su cuerpo palpitando sobre los adoquines. Ahora el terreno vuelve a su firmeza de siempre y puedes precipitarte a su lado. Te abrazas a su pecho desnudo, deslizas tus dedos temblorosos por los orificios de las balas, pringas tus palmas extendidas en la sangre que mana a borbotones. Se te empañan los ojos. Las lágrimas hacen rielar aún más su rostro anguloso, cincelado en la aventura.
– Los albañiles… no pueden permitirse el lujo… de comprar relojes automáticos con maquinaria de cuarzo para sus padres, acierta a balbucear con los ojos verdes abiertos de par en par.
– Ni sortijas de oro macizo para las madres, murmuras sorbiéndote las lágrimas y acunando su cabeza entre tus brazos. Sonámbula.
– ¿Y pulseras de plata para las hermanas pequeñas?, sonríe de nuevo, rebuscando con dificultad en un bolsillo del pantalón. Hasta que sus dedos consiguen acariciar las gemas apresadas entre dos bandas de plata de hermoso diseño celta. Te la ofrece y la tomas como siempre. Al caer en tu palma derecha abierta, se tiñe de rojo en los bordes y contemplas tu anillo de la Claddagh, con el corazón apuntando hacia las yemas en tu dedo anular.
– Lo siento…No quise herirte, musita ahora, respirando fuerte y trabajosamente.
– Y no lo has hecho, hermanito. Y no lo has hecho, respondes propinándole un besito de colibrí en la frente. Te viene naturalmente. Sí, justo al comenzar a arrullarle. Le acunas con el vaivén de tu cuerpo. Como el de las olas cuando te hacías la muerta. Y la tonada te viene muy bien. Te elige a ti sin haberla buscado
My grief on the sea,
La barbilla de Seán se desencaja de pronto y deja de respirar. Smugglers paradise, piensas. Toda la raya de Irlanda del Norte lo es. Has estado ciega pero ya no importa. También has llegado tarde para socorrer a Seán. Le estrechas contra tu pecho. Otra detonación y luego una luz tenue, como dorada. La del alba que rompe filtrándose por los visillos de la ventana, pugnando por instalarse en tu dormitorio. Entonces te ves sobre la cama, enredada en un amasijo de sábanas ¿Más pesadillas, pequeña? La voz de Tyrone reverbera en la oquedad de tu cráneo. Siempre quería llevarte un vaso de agua cuando despertabas a media noche. Por eso sabes que es momento de meterte en tu cuerpo para habitarlo, a pesar de la canción que no ceja.
My grief on the sea,
How the waves of it roll!
De “La reina de Falcarragh”
