Su vida * Entrevista con el escritor * Su sitio en la red
CYRIL CONNOLLY
Tenía algo de Buda irresuelto y oscuro,
como si la materia venciera en él
un espíritu de lemur, melancólico
e inquieto, y su escritura fuera
una salvación que nace muerta.
El buen gusto fue su forma de moral
y trazó un fulgurante palimpsesto
sobre lo que otros escribieron.
Lo que llamamos gran cultura
a menudo impide la creación
infectándole a uno con el filtro
de la duda y la altivez disfrazada
de temperamento crítico.
La inteligencia sola no basta nunca:
su novela fue su vida, eso le entristecía.
En su mirada habita un infeliz
arrasado por dentro, malediciente,
brillante a su pesar:
mi vida adulta,
le dijo a un amigo, ha sido un purgatorio
iluminado por los destellos
de un cielo recordado. El cielo era Oxford
en sus años de juventud, y antes Eton:
los ángeles de ese paraíso
fueron aristócratas hipnotizados
por su talento descreído,
aunque menos de lo que él lo estaba
por sus títulos y castillos. Después,
ya sólo fue un fantasma de sí mismo.
¿Su tarjeta de visita?: Palinuro.
Si se observa detenidamente
su rostro –los ojos achinados,
las ojeras abultadas, las mejillas
como grandes belfos hinchados-
se adquiere la conciencia de estar
ante un gran batracio que fuma;
un sapo sabio, torturado y displicente,
algo así ve uno en ese rostro
de gran mandarín derrotado.
A nadie engaña su pose sonriente.
los batracios tienen la sangre fría
y la piel húmeda, y viven en acuíferos
pantanosos donde brota la neblina.
Él halló la humedad necesaria
para vivir en el whisky de malta
y la neblina donde ocultarse, en el humo
de sus cigarros. Su refugio fue la cama,
los cotilleos un alimento insano,
como la nostalgia por el pasado:
hongos, polvo, raspas de pescado.
Las mujeres –a las que no supo amar
y contempló con espíritu usurero-,
el instrumento de su egoísmo
contra el mundo y contra sí mismo.
Y eso que escribió el mejor tratado
de amor perdido en alguien de su siglo.
Su patria fue la neurosis y los libros.
Su epitafio, una tumba sin sosiego
sobre la que revolotean como murciélagos
-o quizá Stukas de cuando la guerra-
el espíritu de la vieja Inglaterra,
la fascinación por la literatura francesa
y los enemigos de la promesa:
esos que llevan su nombre, y dos fechas.
