Luisa Etxenike_100

Su vida  * Entrevista con la autora * Su sitio en la red

Sólo dije:
-No os acompaño porque no me he traído el bañador.
Y todo el mundo se echó a reír y empezó a hacer muecas. Se burlaban de mí, me di cuenta enseguida, porque yo había dicho “bañador” y según ellos hay que decir “traje de baño”.
Las palabras son peores que las huellas dactilares que dejas en el lugar del crimen.
Yo sólo dije “bañador”. Y aquella gente lo descubrió todo. Aunque yo llevaba el pelo cortado como ellos, y la misma ropa y los mismos zapatos que costaban un ojo de la cara. Y jugaba al hockey como una fiera. Y conducía motos de cualquier clase, incluso las acuáticas, mejor que todos ellos juntos.
Las palabras que sabes son tu biografía. La mía está hecha de nombres de cosas sobre todo útiles y también resistentes y además baratas.
Al principio no reaccioné. Tenía la cabeza demasiado llena de los pensamientos de mi diferencia.
A los que venimos de abajo nos pillan siempre por lo mismo. Son los objetos los que nos delatan. Porque las cosas no pueden comprarse no tienes más remedio que decirlas igual aunque hayas sido rico desde pequeño.
Reaccionar significó darme cuenta de que aquellos chicos me habían herido. Por eso no les dije nada. Me alejé, sin más.
Me había herido yo. Y ese descubrimiento me quitó de cuajo las ganas de llorar. Yo estaba sufriendo por mi culpa. Porque había fracasado de nuevo. Porque era incapaz de utilizar todas las cosas superfluas y caras que me habían comprado mis padres en los últimos años, desde el golpe de suerte, para deshacerme de mi pasado y convertirme en otro: alguien que se pasea por los nombres de los artículos de lujo como por su casa de toda la vida.
Y entonces me senté en una roca alta a elaborar una especie de plan.
Hasta aquel momento yo sólo me había defendido sin ton ni son: llorando, después de cada metedura; jurándome que no volvería a suceder; cambiando constantemente de pandilla. Porque pensaba que el número de mis rivales los hacía imbatibles.
Pero cuando uno descubre que es el enemigo de sí mismo, que vencerse es por lo tanto posible, lo que quiere es atacar. Y ganar. Librarse de esa tortura en forma de acecho permanente del desliz que te delate y te excluya.
Desde aquella roca distinguía sus cabecitas en el agua. Añadí mi cabecita.

Las palabras caras son esbeltas y ágiles. Necesitan mucho espacio para desenvolverse y resonar. Yo había cometido el error de aprenderlas sin quitar antes de en medio los nombres de mi infancia, rechonchos, invasores.
La primera parte de mi plan se llamaría “amnesia”.
Olvidar no significa no acordarse. Olvidar es desandar e ir fulminando. Olvidar es repasar y comprobar que sólo están los huecos.
En cada agujero metería una palabra fina. Donde habían estado el marcado y la laca, aparecería el peinado que mi madre ya no iba a dejar nunca de llevar: una media melena rubia y despegada. Donde hubo gaseosa, habría combinados dietéticos y zumos. En lugar de colchas de ganchillo, nórdicos de plumón. Y así hasta el primer recuerdo: un caballo de palo que mi padre me hizo en la carpintería. Le prendería fuego. Sobre la mancha construiría un mecano de plástico y metal con más de tres mil piezas.
Luego vendría la fase de memorización.
Y después la de prácticas: pruebas, diálogos simulados, plagados de emboscadas. Una comprobación en realidad superflua. Porque, a esa altura del plan, no habría duda, de esos ejercicios de duelo conmigo mismo, siempre saldría victorioso yo: alguien que ha borrado las pistas, que pertenece por derecho propio y en exclusiva a un presente de caprichos y de comodidades.
A aquella roca se le quitó el color. Anochecía.
Me faltarían sólo los recambios: listas y listas y listas de sinónimos, que iba a aprender ordenadamente y en desorden.

 Volví a tierra de un salto cuando vi que uno de los chicos del grupo se acercaba:
- Vamos tres en tu coche -me dijo.
- Primero tendréis que disculparos por haberos reído.
- Perdona, tío, pero es que eres un cortao. Nos hemos bañado todos en pelotas.


De La libertad de expresión

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