Su vida * Entrevista con la autora * Su sitio en la red
Nada impulsa tanto al viaje y a la literatura como vivir en una ciudad anodina. La belleza, por el contrario, no es un entorno propicio para el arte. Siempre me han parecido mediocres las pinturas paisajísticas de los pintores que viven en lugares paradisíacos. La belleza invita a la contemplación pasiva, para pintarla, o para contarla, hay que moverse: venir de otra parte (como Gauguin a la Polinesia) o irse (como Kipling de la India o Somerset Maugham de Malasia). Sólo la distancia permite ver mejor lo que se tiene delante de los ojos. Es un fenómeno óptico similar al de ciertos cortos de vista, pero a gran escala.
Yo nací y crecí en Lanús, un híbrido de ciudad y de pueblo con las desventajas de ambos y ninguna de sus ventajas, muy cerca de Buenos Aires. Vivía en una calle llena de comercios delimitada, de un lado, por una gran avenida, y del otro, por las vías del tren. Me dormía escuchando el traqueteo del tren y soñaba que los trenes me llevarían muy lejos, algún día. Como todavía era demasiado pequeña incluso para tomar trenes, leía. Las historias de Anne la de Tejados Verdes, una huerfanita pelirroja, me llevaban a Canadá, a una isla llena de pinos, gardenias y vestidos de muselina (cuando finalmente conocí los pinos, las gardenias y la muselina me parecieron infinitamente inferiores que en las páginas de “L.M. Montgomery”). Si me cansaba de la isla del Príncipe Eduardo, viajaba a la Luna o a las profundidades del mar. Más tarde supe que también Julio Verne se hizo escritor mirando correr las aguas tranquilas del río Erdre bajo su ventana. Un día se escapó de su casa en Chatenay, cerca de Nantes, y se embarcó como grumete en un barco que partía hacia las Indias. Quería traerle a su prima un collar de coral, pero su padre interceptó el barco en Paimboeuf de modo que no tuvo más remedio que escribir Viaje a la Luna.
A diferencia de Verne, a mí nunca me gustó demasiado protagonizar aventuras de riesgo, así que esperé hasta cumplir quince años y les pedí a mis padres un viaje a la isla del príncipe Eduardo como regalo. Pero mis padres insistieron en que lo que necesitaban las chicas de quince años era una gran fiesta, y tuve una gran fiesta en la Confitería del Molino, que ya no existe, y un vestido largo que ni siquiera era de muselina.
Esa primera desilusión fue decisiva, y decidí convertirme en escritora. Al menos hasta que pudiera viajar. Desde el primer cuento y desde el primer viaje supe que ése sería mi doble destino. Lo que yo quería era ir y ver, para contarlo, pero no sólo por eso.
En Un invierno en Mallorca, George Sand cuenta cómo su romántico viaje con Chopin acabaría en una pesadilla, y al principio de su libro se pregunta “¿Por qué viajar cuando no se está forzado a ello?”. “Es que no se trata tanto de viajar como de partir”, concluye, “¿quién de nosotros no posee un dolor del que necesita distraerse, un yugo del que liberarse?”
Algunos psicólogos aconsejan a sus pacientes insomnes cambiar de postura para conciliar el sueño. Del mismo modo, para sacudirse la tristeza o la monotonía, nada mejor que viajar. Nos movemos y algo se mueve y se acomoda dentro de nosotros.
También se viaja para volver. A veces, sobre todo para volver. García Márquez confesó que no regresaba a Aracataca, su pueblo natal, porque, según una vieja sentencia indígena del Caribe “el que recoge sus pasos muere antes”. Quizá de eso se trate esta huida perpetua, de miedo a morir. No lo sé. Desde que aprendí a leer me la he pasado viajando, huyendo, aunque sólo fuera con la imaginación. En Arcana Caelestia Swedenborg imagina que cada uno tiene un infierno a su medida. A Borges esa idea le parecía razonable. A mí también. Mi infierno, si existe, debe ser precisamente eso, ya no poder viajar, ya no poder escaparme: ya no poder escribir.
