Su vida * Entrevista con la autora * Su sitio en la red
XIII
Tenía corazón, aunque le faltaran todos los dientes;
le daban miedo los habitantes
de las habitaciones vacías.
Lo cuento porque el mes de febrero y el carnaval despiertan la danza de las caderas enfermas, y las figuras de porcelana se despiden, como Eurídice, antes de hacerse sombra.
No deliro. Te aseguro que no estoy delirando: trato de escribir, en un poema, el padecer de una mujer asomada al balcón de su casa
en una calle solitaria,
en el invierno,
con la intuición de febrero
en la memoria, y los pies
helados,
sin un té, sin la voz de nadie susurrando al oído lo que ya nadie se atreve a decirle, con la poca consistencia de un mito que nada resuelve porque las únicas flores que observan se están empezando a hacer de polvo…
Delirar es otra cosa:
es cambiar el color
del bolígrafo porque esperas que la tinta borre las palabras inútiles; es llevar, con armónica persistencia, un paraguas que juzga tus pasos igual que los bastones de un grabado antiguo… Eso sí es delirar.
Pero, ¿evitas tú las imágenes?, ¿podrías no haber visto nunca la carne transmutada en verso en los museos? Ahora estarías dispuesta a abrazar el credo de la piedad entre los vivos…
pero te bautizaron los ojos con las líneas agónicas que engañan y,
ay,
suspenden el juicio.
Te bautizaron los oídos con palabras que odiaban la respiración de las campanas.
No deliro, es que las lámparas apagadas y la mesa se parecen a no sé qué viaje urdido en sueños.
Y los libros,
qué voy a escribir de
los libros,
no dejan de ser fases de la luna.
Echa la llave: que no salga de aquí, hasta que te hayan dado explicaciones,
ni un solo miedo.
Y no empieces, como siempre, la inútil lástima de las preguntas.
Trae: mete tus dedos entre los míos hasta que entres en calor. Hasta que te quedes dormida.
