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Neura de tigre en Rantampoor

 Todo el mundo anda preocupado en Rantampoor porque el tigre no quiere salir.
 - Es una cuestión de suerte: a veces se le ve, y a veces no se le ve, dice el conserje del hotel, pero se puede percibir un temblorcillo de nervios en su sonrisa, igual a las descritas en Muerte en Venecia o en Un enemigo del pueblo. Y no es difícil averiguar que no, que al tigre no se le ve desde hace rato, no es normal, que se sabe que el tigre no está enfermo pero algo le pasa. Y es ya el tercer día de los nueve que duran las fiestas de octubre, y los viajeros indios que han llegado desde Jaipur, Dehli y hasta Bombay se están impacientando, y para qué hablar de los europeos. 
    – ¿Sabe usted desde dónde venimos?, pregunta un español barbado con el tono dramático característico, siempre parece que los españoles están en el teatro. Le acompaña una joven muy bella que podría ser árabe, o india de Bombay, o también española… en cualquier caso se la siente igual de decepcionada por haber hecho todo ese viaje y no ver al tigre.
     – No, desde dónde, pregunta el conserje, que lo sabe pero  procura ser amable.
     – Desde el otro lado del mundo, exagera el español.
     Pero ni por esas. Al tigre le importa un pito, sigue sin salir, o sea que el viernes por la noche se convoca asamblea.
    – Esto no puede seguir, hay que enviar una embajada, concluye el director de nuestro hotel, un tipo gordo ya muy mimado por los buenos negocios.
    – Sí, claro, pero para eso hay que encontrarle, dice un tipo altísimo y jorobado, con mirada escéptica.
    – La única capaz es Rekha, pero…
     – ¿Pero?, interrumpe el gordo.
     – …sigue con la depresión. No quiere ver a nadie.
     – ¡Lo que nos faltaba!, se impacienta el gordo. ¡Un tigre que no quiere salir y un águila con depresión! ¡Y en octubre, con el aire ya transparente del otoño, y la primera riada de turistas en años!
    Deprimida y todo, pero buena persona, el águila Rekha acepta ir y regresa con una noticia desoladora.
    – Ni siquiera me contestó.
    Un silencio cubre la asamblea. Si el tigre ni siquiera le responde a Rekha, que es la más cercana a su casta inalcanzable, la situación es grave. Muy grave.
    – ¿Y qué esperabais?, interviene Kamini, la vaca de ojos profundos como lagos sagrados. ¿Acaso creéis que a un tigre se le puede molestar con turistas? ¿No habéis visto que camina pisando nubes y que su mirada atraviesa la noche?
    – ¿Y por qué no le enviamos al recién llegado?, pregunta un mono como si no hubiese oído a la vaca. Tiene inconfundible pinta de banquero rapaz de Calcuta. Pronto caigo en que soy yo a quien miran.
    – Quién: ¿yo? Y por qué yo.
    – Porque le podrías convencer –explica lentamente el tipo alto y jorobado, con la paciencia de los camellos, que no es mucha-. De un modo u otro. Y lo sabes.
    Sí, pero yo no quiero problemas. Estoy de vacaciones. Me niego.
    O sea que aquí estamos, tropecientos turistas de Jaipur, Jodphur, Delhi, Bombai y más lejos… a la espera de que el tigre salga para darle vida al parque de Rantampoor.
    O a que yo intervenga.

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