ZOÉ por Ricardo Vega DSC_0003_100

Zoé Valdés © Ricardo Vega

Su vida * Entrevista con la escritora * Su sitio en la red

“Besaba los frescos labios de Sueño Azul, y cuando se enfrentaba a ella no eran sus mejillas rosadas y redondas las que le sonreían; la mexicana, hija de franceses, acariciaba su pecho liso y lampiño, y con su peculiar voz de señoritinga consentida, que arengaba a las familias acomodadas campechanas a renunciar a comprar esclavos asiáticos, y a los que ya los tenían, a liberarlos. Mo Ying entonces se viraba hacia el otro lado de la hamaca, y de buenas a primeras, se hallaba hundido en el camastro de una posada de la calle Campanario, junto a una mulata de ensueño cuya única ambición en la vida, qué original, era ganar un burujón de pesos en la bolita, o en la lotería, y que le exigía, con gemidos eróticos, ay, Maximilianito, anda chico, no seas malito, que le revelase las interpretaciones de los animalejos y cosas, representados en los treinta y seis signos, que colgaban del cuerpo del chino de la chiffá o charada; a cambio, juraba y perjuraba por San Fan Con y por Yemayá que ella le cocinaría el mejor bacalao con papas de toda la isla, y como obsequio de la casa, le bailaría un guaguancó en cueros a la pelota. Caía del camastro, encima de un colchón recién estrenado, y entonces era una joven pelirroja quien observaba con los ojos azules desorbitados su pene exageradamente largo y grueso, Bárbara Buttler, irlandesa emigrada con sus padres carniceros, y hermanas solteras, no podía creer lo que veían sus ojos. Sin embargo, supo acostumbrase muy pronto al fenómeno, pues con él se casó, a pesar de la gran diferencia de edad, él le llevaba veintiún años, y tuvo cinco hijos, uno detrás del otro, como quien dice; hasta que la muchacha se enfrió, le dio por la vena del espectáculo, declamaba públicamente versos de insólita disparidad entre sus autores: José Ángel Buesa y Charles Baudelaire, al segundo intentaba recitarlo en francés, pero de este idioma apenas tenía nociones, aprendía el texto tal como se escribía, y aunque la pronunciación resultaba peor que ridícula, fatal, el público hambriento de cursilerías, aplaudía eufórico, hipnotizado e impactado por sus capacidades histriónicas; más tarde se empecinó en actuar en papeles de criada en el Teatro Martí. Ahí fue la catástrofe, o la cagástrofe, como decía su padre, las criadas que interpretaba parecían princesas celtas, diosas blancas a lo Robert Graves, aunque filtradas por el colador de Rita Montaner y Candita Quintana, en sus meticulosos amaneramientos, y sus emperifollamientos de pacotilla. Alicia Rico, la directora de la compañía, encargó a Butifarra Pozo (el nombrete obedecía a que se divulgaba que por clítoris tenía una especie de pellejuda butifarra) que se deshiciera de Bárbara Buttler como pudiera. Butifarra Pozo ostentaba el falso título de segunda al mando, era una tortillera de aspecto tísico, aspaventosa y chantajista, dispuesta a armar un señor lío con tal de robar dinero al más pinto, y de fastidiar a la gente honesta, porque si algo no soportaba ella era la honradez; además, llevaba atravesada entre ceja y ceja a Bárbara Buttler, la cosa nostra venía desde cuando intentó meterle mano a la irlandesa, y ésta le propinó una patada en la crica palúdica, que le fracturó el hueso atravesado, que en cualquier mujer se denomina papaya, papo, tota, totinga, y cualquiera de los tantos adjetivos con los que el argot había bautizado las partes pudibundas femeninas. Bastó la orden de Alicia Rico para que Butifarra Pozo reaccionara como era habitual en ella, con espíritu traicionero, y sacara a trompadas del camerino y del teatro a la madre de los hijos de Maximiliano Megía, en un descuido de la despampanante mujer. No obstante, la pelirroja, tuvo tiempo y destreza, y le arremetió un tortazo de kong fu, que le había enseñado su ex marido, en el pulmón podrido de la repugnante rata. Rata repugnante por chanchullera y mala entraña, de ninguna manera por lesbiana. La rata escupió un buche de sangre negra y pestilente, así quedó agonizante en la acera:

-A ti no te salva ni el médico chino –masculló la tremenda Bárbara Buttler en la oreja ceniza de Butifarra Pozo.”

De La Eternidad del Instante

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